INSTAGRAM Y LOS PECADOS CAPITALES

Decía Oscar Wilde que las más bajas y despreciables pasiones del ser humano son el odio, la vanidad y la codicia, e indudablemente, como con todo lo que decía, llevaba razón. 


Más que nunca, estas características se fomentan en nuestro estilo de vida de forma constante. Llevo tiempo planteándome la relación entre la vanidad y el consumo dentro de nuestra sociedad. Las redes sociales nos han expuesto a las expectativas inverosímiles que debemos alcanzar y nos han coartado la capacidad de reconocimiento y admiración. En concreto, la plataforma Instagram es el perfecto ejemplo de ello.



Los tiempos cambian, las sociedades cambian, el estilo de vida cambia, y día a día lo vemos plasmado a través de fotos y perfiles. Pongamos el ejemplo de la gente famosa de Instagram. No me refiero a artistas o personas mediáticas con seguidores de serie, sino la gente que sin tener una profesión definida tiene un impacto en el público, empiezan a ganar dinero y acaban por hacer de eso su trabajo, convirtiéndose en los famosos “influencers”


Todos hemos visto este fenómeno y podemos nombrar al menos a un par de influencers a los que hemos seguido y envidiado. Sí exacto, envidiado. Porque este modelo de vida nos toca las tres cualidades de las que hablaba el señor Wilde:


· Pues no es tan guapo/a como para tener tantos piropos” o “tengo la autoestima por los suelos de ver tanta modelo bronceada” = Vanidad 

· “Yo también quiero tener tantos seguidores y que me manden productos y me paguen por viajar” = Codicia

· La sensación de impotencia, injusticia y envidia = Odio.


¡BAM! Ahí lo tienes, y si te pones a analizar el modelo que se plantea en muchas otras plataformas digitales, también verás cómo coinciden estos tres puntos. Todos conocemos a la típica persona que se dedica a compartir hasta la hora a la que va a cagar en Facebook o alguien con una vida de mierda y unas relaciones personales deplorables pero que se pasa el día compartiendo historias de lo feliz que es y de los muchos amigos que tiene. 



Y la pregunta es ¿por qué? ¿qué nos han metido en la cabeza para que sólo nos valoremos dependiendo del número de seguidores que tenemos, de la calidad del humano dependiendo de lo que los demás piensen de él? ¿Por qué tengo que mostrar todos los viajes que hago y lo guay que soy cada vez que me compro algo? 


1. Porque se lo he visto a alguien y yo también quería tenerlo, 2. porque no me da la gana que él lo tenga y yo no, y 3. porque ahora que lo tengo quiero que todos lo admiren.


Una vez más: Codicia, odio, vanidad.


Recuerdo que cuando empezó el tema de Snapchat, yo no entendía la gracia. Les decía a mis amigos que me parecía ridículo tener que mostrarle a la peña que estabas tomándote una cerveza con tu primo el de Córdoba, es decir, ¿a quién le iba a interesar semejante mierda? A mí desde luego no.


Poco después, me junté con una persona que era todo lo opuesto a mí. Recuerdo que compartía cada segundo que vivía en una red social. Sin apenas darme cuenta yo comencé a hacer lo mismo. Cada cosa que hacíamos la colgábamos, cada novedad, cada intento desesperado por conseguir algo: lo colgábamos. Y lo mejor de todo es que nuestra vida estaba en ruinas. Simplemente queríamos aparentar lo guays que éramos en un intento desesperado de llamar la atención de alguna manera, porque éramos tremendamente infelices, pero a los ojos del mundo nos lo pasábamos de puta madre, salíamos de fiesta, reíamos y siempre estábamos de buen humor. 




Ridículas, es lo que éramos. 


Tras esto, tuve un periodo de desintoxicación de todo. Entre ello de las redes sociales. Me di cuenta de que la mayoría me mis amigos ya no me consideraban discreta y que había perdido gran parte de mi sentido de la privacidad. Desde entonces, me forcé a parar esta estupidez. Cambié mis redes sociales a algo completamente profesional, sin apenas compartir nada de mi vida personal, borré contenido de Facebook, de Instagram, de twitter… Después de tanto tiempo, incluso hoy en día me cuesta a veces no compartir algún momento que estoy viviendo y que no tiene nada que ver con mi trabajo, pero a pesar de los deslices, tengo bien atada la correa para que no se me escape.


No necesito seguir consumiéndome en el odio de no tener lo que otros tienen, en compararme con chicas tres mil veces más o menos guapas que yo o en tener que conseguir llegar a ciertos estándares para ser alguien.


Esto me lleva al siguiente punto de mi exposición. Desde que me centré en usar las redes sociales como arma de promoción, tras muchos sudores y esfuerzos, he conseguido ir creciendo en ciertas plataformas, lenta pero progresivamente y ¡sorpresa! Se me ha menospreciado en más de una ocasión. 




Me alucina la cantidad de gente que clama ser tu súper amigo, (muchos encima son de la profesión) que ven lo que vas consiguiendo y no te apoyan en nada, salvo cuando necesitan algún favor y se vienen a cobijar bajo el árbol que da más sombra (estos, por cierto, se deben pensar que eres gilipollas y no te das cuenta porque les sigues la corriente) o incluso los que no entienden que igual es que hay gente a la que les gusta tu trabajo y por eso te siguen, sino que todo tu “aparente” éxito se debe a que lo has comprado. Y todo esto se debe ni más ni menos que a las putas redes sociales, a que nos mueva el odio de ver que alguien tiene más repercusión que tú, a la vanidad de comparar nuestros egos y a la codicia de querer tenerlo también. 


Os voy a descubrir algo: Es mentira. La calidad de una persona o un artista no depende de la cantidad de repercusión que tenga. Lo que la gente cuelga en las redes sociales es una ilusión, es la imagen que tú creas de ti mismo. Decía Maquiavelo que pocos ven lo que somos, pero todos ven lo que aparentamos, y eso es justo lo que ocurre con las plataformas de internet. Los influencers, los modelos, los cantantes, los escritores, los empresarios… también tienen días de mierda, también sufren, también trabajan y se dejan la piel para llegar a donde están, y también se han creado una imagen de sí mismos que han sabido fomentar y mantener. 


Céntrate en tus metas y en tu vida y deja de criticar al hijo del vecino. No te cegues por los vicios de los que habla Wilde porque, al final, es todo una ilusión.