CHANDELIER



Lo ha entendido.


Ha entendido que hay distintos tipos de chicas y que no todas pueden ser utilizadas para lo mismo.


Están las chicas con las que te corres una buena fiesta, chicas con las que te corres y las chicas, y por norma si eres de unas no puedes ser de las otras. Y lo curioso de todo el asunto es que yo he hecho el recorrido por todas y cada una de ellas.


He sido esa chica con la que tendrías tres niños que vestirías igual, que sonríe a tu abuela en las comidas y escucha todas sus historias, la que tu padre desea que vaya los domingos a comer, la que sabe comportarse en cada situación y decir cada palabra en el momento adecuado, la que tiene el punto G, de Gloria, pintado en cada pestaña que se atreva a caerse de sus ojos.


He sido esa chica que buscas en un aquí te pillo aquí me mato, la que te desviste la vida durante un par de horas y luego le da igual que vuelvas a recogerla del suelo y a ponértela, la que hace que pierdas los pantalones antes que la cabeza, la que tiene el punto G, de guarra, entre recuerdo y recuerdo y no en el coño.


Y luego están esas a las que nunca llevarías a comer un domingo con tus padres ni presentarías a tu abuela. Esa que está demasiado desquiciada como para saber cómo comportarse en cada situación. Esa a la que le dicen la palabra adecuada en el momento adecuado para que sepa en qué posición está. Esa que cada vez que te pilla se mata. La que te desabrocha la vida unas horas pero se atasca con la cremallera y nunca llega a desvestirte los ojos. La que se corre por las esquinas de ansiedad. La que tiene el punto G, de gilipollas, tatuado en cada órgano de su cuerpo.

Nunca seas de las últimas.


Esas no tenemos derecho a sentir nada, pero sí a mentir todo.